“Intentar cambiar la gramática, esto sí que es totalitario”

JUNYENT, Carme, (2013), entrevista de Bel Zaballa (vilaweb, 2/12/2013)  a propósito de su publicación: “Visibilizar o marcar. Repensar el género de la lengua catalana”, catalán, Ed. Empuries, Barcelona.

Desde hace unos años, documentos, disposiciones legales y discursos se han llenado de “todos y todas”, “bienvenidos y bienvenidas”, “niños”, “alumnados” y “trabajadores”. A veces se llega a expresiones caóticas o ridículas. ¿Hasta qué punto estos desdoblamientos y nombres genéricos hacen más visibles a las mujeres o las discriminan? ¿Cómo afectan al lenguaje estos cambios y cómo pueden acabar deformando la gramática?

Hablamos con la filóloga María Carme Junyent, coordinadora del libro Visibilizar o marcar. Repensar el género en la lengua catalana, que recoge las intervenciones y los análisis de una docena de profesionales durante una jornada organizada en 2010 por el Grupo de Estudio de Lenguas Amenazadas. Junyent dice que todo surge de la confusión entre los conceptos de sexo -que es un rasgo biológico de los seres vivos- y género -categoría gramatical que afecta el sustantivo y determina las concordancias-. Una confusión y una voluntad de dar más presencia a las mujeres que no ha tenido en cuenta el funcionamiento de la lengua y que en cierta manera lo ha pervertido.

“Nadie se puede inventar una gramática, ni siquiera una academia. Esta arrogancia es el hecho que menos se entiende. Suponer que por voluntad se puede cambiar la gramática: esto sí que es totalitario”

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Junyent recuerda cómo fue aquella jornada: “Surgió cuando vimos impreso el título de un curso que hacíamos el grupo de Estudios de Lenguas Amenazadas, donde habían cambiado ‘alumnos’ por ‘alumnado’. Me dijeron que no podía hacer nada, que era norma. ¿Ahora tenían que salir textos míos que contradecían lo que yo había defendido toda la vida? Decidí hacer una jornada para hablar. Lo comenté con la gente y tuve una gran sorpresa al ver que todos estaban de acuerdo conmigo, pero que nadie se atrevía a decirlo. Realmente, era la versión más cruda del traje nuevo del emperador: todos ven que va desnudo pero nadie se atreve a decirlo. Las negociaciones también fueron duras, porque es muy difícil de rectificar en público, pero conseguimos el consenso, y de ahí salió un grupo de trabajo, en el que yo no participé, y un documento plenamente vigente (‘Acuerdos para el uso no sexista del lenguaje’) que viene a decir que si escribes “los barceloneses” ya se han de considerar incluidas las barcelonesas. En estos tres años se ha notado el cambio”.

– Dices que cuando comenzó el movimiento feminista tomamos el ejemplo de la lengua inglesa, que no tiene género, y esto nos ha conducido a deformar la gramática…

Como el inglés no tiene género, deben marcar para poder saber si hacen referencia a un hombre o una mujer. Aquí tomamos esta teoría, sin tener en cuenta que el catalán, y en general las lenguas románicas, sí tienen género. Y por lo tanto nosotros sí podemos diferenciar. Durante todos estos años, se ha ido envolviendo la madeja y esto también ha llevado a la ridiculización del movimiento feminista, porque jugando con la gramática han salido cosas muy absurdas. Era cuestión de visibilizar, no tocar la gramática. Yo entonces había hecho unos cuantos artículos oponiéndose a él, que pasaron desapercibidos. Hasta que llegó el punto de que esto pasó a ser ley, y que todos los documentos oficiales debían ir escritos de esta manera.

– Era una manera de dar visibilidad a las mujeres a través del lenguaje.

Se creyeron estas teorías y quisieron implementarlas aquí, con todas las consecuencias y cada vez con historias más delirantes. Como aparece en el libro, estuvieron a punto de aprobar una ley hablando de “personas adolescentes” y “personas niños”. Puedo compartir la intención, ¡pero esto no tiene ningún sentido! Quizás mi problema es que soy lingüista.

– Justamente por eso hablamos con usted. Explíquenoslo…

Cuando desdoblas y de un masculino haces un femenino, no siempre das la “versión mujer” de la palabra. Y te puedes encontrar sorpresas desagradables, como “muchacho-muchacha”, “niño-niña” o el más emblemático, “hombre público-mujer pública”. A menudo, cuando se desdobla, las mujeres salimos perdiendo. Esto incluso las primeras feministas lo decían: “El género es un arma cargada”. Esta no podía ser la estrategia.

– ¿Cuál debe ser la estrategia?

Hay muchos usos que se pueden cambiar, que afectan el léxico, no la gramática. Y sobre todo hay que tener en cuenta que las gramáticas son como son, al margen de las voluntades de los hablantes. Nadie se puede inventar una gramática, ni siquiera una academia. Esta arrogancia es el hecho que menos se entiende. Suponer que por voluntad se puede cambiar la gramática: esto sí que es totalitario.

– En el libro se recuerda varias veces que en catalán, por la evolución que ha tenido la lengua, el masculino es la forma no marcada y el femenino la marcada

Eso siempre lo comentaba con Juan Solà. Y le decía: “Si el masculino y el femenino, en vez de llamarse así, se dijeran ‘género A’ y ‘género B’, este debate no lo habríamos tenido nunca”. Porque hay muchas maneras de clasificar los sustantivos. Hay lenguas que dividen entre animados e inanimados, otras entre humanos y no humanos, y unas que tienen una veintena de géneros diferentes. Cada lo hace a su manera. Y en un par de casos el género no marcado de la lengua es el femenino, y esto no tiene nada que ver con el comportamiento ni con la visibilización; son sociedades tan machistas como la nuestra. Atacábamos algo que realmente no tenía nada que ver con la situación de la mujer.

– ¿Entonces no está de acuerdo con Albert Pla Nualart, que dice que el hecho de que el término no marcado sea el masculino y el marcado el femenino es el reflejo en la lengua de muchos siglos de cultura patriarcal?

No. En absoluto.

– Acto seguido lo compara con las expresiones relativas a la religiosidad de nuestro lenguaje, y dice que de la misma manera que esto no nos hace mantener la fe, el uso del masculino genérico no hace ni más feministas ni menos los que lo usan.

La diferencia es que estas expresiones religiosas no tocan la gramática. La marcación afecta al sistema de la lengua, e impone unas jerarquías. Si una lengua tiene un término para “verde” también tiene uno para “rojo”. La lengua funciona así. No nos puede pasar por la cabeza quitar el rojo, es impensable. Pero, en cierto modo, con las duplicaciones y la pretensión de marcar más el género se ha hecho esto.

– ¿Cómo lo hacemos para visibilizar a las mujeres en el lenguaje, pues? ¿O cree que no hace falta?

La mujer tiene que estar. Y si está, ya la veremos todos. Es eso lo que se ha de cambiar de la sociedad. Y la lengua ya seguirá el cambio, si es que tiene que haber alguno.

– En el libro también aparece más de una vez la reflexión de que cambiando el lenguaje se puede cambiar la realidad…

¡Si eso fuera posible!

– ¿Puede influir?

Todas las lenguas cambian siempre, continuamente, pero de manera que las generaciones se puedan comunicar. Esto ya impone unas restricciones. La lengua puede reflejar mucho el mundo y la sociedad en la que se habla. Si este mundo o esta sociedad cambian, la lengua se va adaptando, porque es un sistema muy flexible y se puede adaptar a cualquier situación. Pero que alguien me diga un caso en que cambiando la lengua se haya cambiado la sociedad. No conozco ninguno.

– Uno de los contextos en que se utiliza más el desdoblamiento es en las escuelas, y por eso ahora queréis hacer charlas en las universidades donde forman a los maestros.

No sé si lo conseguiremos, pero al menos haremos que les llegue la información. Esto ha hecho mal en el mundo de la enseñanza. Algunos maestros ya cuentan que cuando dicen “Los niños que hayan terminado los deberes ya pueden ir al patio”, las niñas que los han terminado no se levantan porque no se sienten aludidas.

– ¿Y cómo los convenceríais a estos maestros?

De entrada, trato de hacerles ver que este planteamiento es absolutamente eurocéntrico. En lenguas romances esto sólo se ha hecho en catalán, castellano y ahora veo que también caen los del gallego. Ni portugués, ni italiano, ni francés, ni rumano, ni ninguna otra lengua. Esto solo ya es para hacérselo mirar. Pero sobre todo hay que hacer entender que la lengua funciona así, que no tiene sentido que nosotros la queramos controlar.

– Aparte los desdoblamientos, hay gente y colectivos que van un paso más allá y utilizan el plural femenino como genérico, porque dicen que quieren evitar un lenguaje androcéntrico. ¿Cómo lo ve, esto?

Es no entender cómo funciona el lenguaje. Pero mira, un ejemplo que encontré este fin de semana preparando las charlas: David Fernández, en aquella intervención impactante en el parlamento con los directivos de Caixa Penedès, dijo “diputados imputados”. Él sabía que si hubiera dicho “diputados y diputadas” o “diputadas” directamente habría perdido la contundencia que podía tener. Lo sabe porque lo usa. Era consciente de que si en ese momento hubiera desdoblado y hubiera hecho el numerito del femenino no habría dicho la misma cosa ni le habrían tomado en serio. Este juego con la lengua lleva a acabar ridiculizando a las mujeres. Me sabe mal que, en general, sea la izquierda la que se haya apuntado a esta tontería.

– De nuevo, aquí, la intención es buena

Sé que lo hacen con buena intención. Tengo muchos ex alumnos que son de la CUP, y cada vez que me encuentro alguno se lo digo. Y todos me dicen que están de acuerdo conmigo, pero que ¡no lo consiguen! No convencen al resto, pero creo que deberían reflexionar. No hacen ningún favor a las mujeres, y seguramente entorpecen más la llegada del mensaje.

– ¿Hacia dónde deberíamos ir, entonces? ¿Volvemos atrás y abandonamos los desdoblamientos? ¿Buscamos un equilibrio?

Mi opinión, que ni siquiera es la del documento de conclusiones, es dejar las cosas como estaban, porque todos ya nos vamos adaptando a los cambios.

– ¿Se trata, pues, de usar el sentido común?

Es sencillamente sentido común, y punto. Si funcionara, ya no necesitaríamos nada más. Y que no argumenten que esto va a favor de las mujeres, por favor, que nos dejen tranquilas. Lo que hace falta es que hagan otras cosas. No es necesario que las digan, nos conformamos con que las hagan.

– En el libro aparece su nombre y al lado dice ‘editor’, en vez de ‘editora’. Me sorprendió.

Ya lo sé, quería esto. Y cuando hicimos las jornadas me puse ‘director‘, y me refunfuñaron desde la mesa.

– ¡Eso tampoco es necesario! Lo hace para provocar…

Claramente. Es como decir que yo no seré editora hasta que antes no me dejen ser editor. Pero el razonamiento es que yo hago un trabajo, ¿y a la gente que le importa si soy un hombre o una mujer? Porque otra cuestión de este debate es que los hombres que se han metido, los han destrozado. A Gabriel Bibiloni le han dicho de todo. Y sí, esto es una provocación. Porque la gente supone que eso lo hacen los buenos y a mí me sitúan en la banda de los buenos. Pero yo quiero que se acabe esta comedia.»

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