Carmen POSADAS, “Desde el punto de vista de ellos”, XL Semanal, 28/09/2014.

«Hace unas semanas publiqué en estas Pequeñas infamias que comparto con ustedes cada quince días un artículo con el título El club de las segundas esposas. Mi intención era hablar de ciertas injusticias de las que, en ocasiones, son víctimas los hombres cuando se produce una ruptura matrimonial. Para que las feministas recalcitrantes no me despellejaran en Twitter o me achicharraran en Facebook, enfoqué el problema desde el punto de vista no de los hombres, sino de las mujeres. En concreto, del de aquellas que y he aquí un caso real al casarse con un divorciado que tiene la mala suerte de estar en paro, por ejemplo, se encuentran con la kafkiana situación de que el juez de familia, al no poder él hacer frente al pago de la pensión a su ex, sentencia que sea la segunda esposa quien la pague. U otra historia real. La de una mujer con un marido también en paro que ve cómo la herencia de su suegra va íntegra a pagar los gastos del hijo del primer matrimonio sin que los del segundo reciban un duro de su abuela.

Ha sido para mí una inesperada y a la vez maravillosa sorpresa comprobar que, lejos de quemarme en la vía pública, el artículo tuvo gran repercusión en las redes y he recibido desde entonces multitud de correos. Por eso, hoy quiero ir un paso más allá y hablar del mismo problema, pero desde el punto de vista de los hombres…

Lo hago también o tal vez debería decir sobre todo porque la semana pasada tuve una experiencia que jamás pensé que podría vivir. Iba por la calle cuando un mendigo se acercó a pedirme ayuda. Su cara me sonaba y él también pareció reconocerme porque, avergonzado, ocultó su cara. «Por favor» dije y al fin alzó la vista. Fue apenas un segundo, pero suficiente para darme cuenta de quién eran esos ojos tan azules que me miraban. De un compañero del CEU con el que cursé COU hace cerca de cuarenta años y que era la envidia de todos por tener un Mini rojo. Su historia no es muy diferente de la de muchos otros sin techo. Hasta que la crisis se ocupó, tristemente, de democratizar la miseria, un porcentaje nada desdeñable de los hombres que acaban en la calle tenían una historia similar a la del dueño de aquel Mini rojo. Tras una separación, son muchos los que pierden la casa (no pocas veces con una hipoteca que deben seguir pagando, aunque ya no vivan en ella), pierden también buena parte de su sueldo y, por supuesto, el contacto diario con los hijos. Según Cáritas, se produce entonces una triste espiral que lleva a muchos primero a la descapitalización, luego a la desesperación. Y de ahí a la bebida y a la exclusión social solo hay un paso.

No todos los casos son tan dramáticos, evidentemente, pero lo cierto es que, tal como están en este momento las leyes, con frecuencia los hombres pierden más que las mujeres cuando se produce una separación matrimonial. Me parece a mí que, en aras de la discriminación positiva, y de las políticas de género, como ahora las llaman, no deberían uniformarse las sentencias para dar la razón sistemáticamente a una parte cuando se produce un divorcio, sino analizar caso por caso. Es evidente que, en muchos de ellos, la mujer necesita protección especial, puesto que puede ser víctima de desventaja económica o de malos tratos, y ahí están las terribles estadísticas de violencia y muerte para atestiguarlo. Pero hay también muchos otros en que no es así. Del mismo modo, existen situaciones en las que está plenamente justificado que la custodia la tenga la madre, pero en otras se puede encontrar una solución para que los hijos disfruten más de la presencia del padre. Cada caso es un mundo y como tal debe juzgarse. ¿Por qué es tabú decir algo tan obvio? ¿Dónde está el virtuoso punto medio para que, en una separación, hombres y mujeres pierdan (o ganen) de forma proporcionada? En mi opinión, precisamente porque, durante siglos, las mujeres, que hemos sufrido injusticias de esta y de otra índole, deberíamos ser las primeras en alzar la voz. Aunque sea políticamente incorrecto hacerlo. Aunque las feministas argumenten que necesitamos de esa ayudita extra de las leyes a nuestro favor, ya que la sociedad sigue teniendo tintes machistas muy difíciles de erradicar. Estoy absolutamente de acuerdo. Existen, en efecto, esos resabios machistas de los que hablan. Pero dudo de que la forma de combatirlos sea comportarnos igual que han hecho ellos en el pasado con nosotras. En Psiquiatría llaman a esta actitud identificación con el agresor. Freud y Sándor Ferenczi hablaban mucho de ella. Y no bien, precisamente.»

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