-¿El feminismo no liberó a la mujeres?

-No. Lo único que liberó a las mujeres fue la ciencia. Yo no creo que tu generación de chicas jóvenes tenga la menor idea de todo lo que el lavarropa hizo por ustedes. Y de cómo la aspiradora las salvó de la esclavitud del polvo. Lo más importante de todo fue la pastilla anticonceptiva, que por primera vez puso el destino de las mujeres en sus propias manos. Para mi generación, lo más sorprendente es cómo no entienden lo afortunadas que son, cómo no recuerdan que, hasta hace relativamente poco, cualquiera debía suponer que iba a estar continuamente embarazada hasta la menopausia. ¡Esta es una generación muy ignorante en términos históricos!

Entrevista:

La notable escritora británica, candidata al premio Nobel, habla de su libro Las abuelas (Ediciones B), en el que narra la historia de amor entre una mujer mayor y un hermoso joven. Autora de El cuaderno dorado, especie de biblia feminista, hoy descree del feminismo y exalta el poder liberador del lavarropa, la aspiradora y los anticonceptivos. En su juventud era comunista, pero hoy califica a los comunistas de “asesinos con una conciencia tranquila”.

Doris Lessing, la gran dama de las letras británicas (“bisabuela de las letras británicas”, corrige ella: tiene 85 años y una de sus nietas está por parir su primera hija), tiene prohibido agacharse. Pero cuando nadie mira, desafía las órdenes del médico y se arrodilla a cuidar sus plantas en su casa en las colinas de West Hampstead, en el límite entre la ciudad y el campo. “Tengo que hacerlo en secreto porque si me ve mi hijo Peter, que vive conmigo, se enoja. Pero coincidirá conmigo en que hacer trabajos de jardinería sin arrodillarse sobre la tierra no tiene la menor gracia”, dice con un destello en sus famosos ojos celestes.

No es que su rebeldía sorprenda a nadie. Considerada la única candidata sólida al Nobel que tiene Gran Bretaña, y de frecuente aparición en los medios de comunicación (recientemente, por ejemplo, declaró que Tony Blair es un “fantasioso chico de los sesenta que cree en la magia” y que “posiblemente no sea muy “posiblemente no sea muy brillante”), la imagen popular de Lessing es la de una incendiaria comunista, autora de El cuaderno dorado, la Biblia del feminismo británico. Sus más de cincuenta novelas sistemáticamente atacan el mal trato de los blancos hacia los negros, un recuerdo de sus primeros años cuando vivía en el sur de Rhodesia (actual Zimbabwe).

Y hoy, a poco de publicar la colección de cuentos cortos Las abuelas (de flamante aparición en las librerías porteñas, en su traducción al castellano por Ediciones B), no parece dispuesta a abandonar la línea del inconformismo. El cuento que da título al libro, por ejemplo, relata la pasión sexual que puede existir entre jovencitos espléndidos y mujeres mayores. “La historia me la contó un muchacho que era amigo de los protagonistas. ¡Se moría de envidia de que pudieran acostarse cada uno con la madre del otro! El describió la situación como diez años de perfecta armonía pero, como cínica que soy, eso no se lo pude creer, así que escribí en el cuento lo que para mí podía ser el único desenlace”, comenta en diálogo con LA NACION mientras acaricia a Yum-Yum, su gata gorda y vieja, pero que “alguna vez fue una bella y esbelta princesa”.

¿Posibilidades de que Yum-Yum (llamada así en honor a la delicada protagonista de la opereta Mikado) termine con un gato joven, como las mujeres de “Las abuelas”? “Lo dudo, está atravesando una madurez muy digna”, contesta Lessing luego de reflexionar un instante. Consultada sobre su propia vida sentimental, la autora sostiene que “la capacidad de enamorarse no disminuye con la edad”. Pero rápidamente intenta cambiar la conversación ya que, de ese tema, escribió en los dos volúmenes de su biografía (Dentro de mí y Un paseo por la sombra) y en la novela De nuevo, el amor.

Lessing es, aún hoy, a la vez salvaje y coqueta. Su pelo canoso ondulado se resiste a quedar confinado en el rodete, pero ahora que es casi completamente blanco le da un marco suave a la cara, por más punzantes que sean sus comentarios (sobre todo cuando se indigna frente a las actitudes de la generación de esta redactora). Como corresponde a toda intelectual inglesa, lleva la ropa amplia y arrugada, pero es de un turquesa fuerte que inmediatamente remite a sus ojos. Y toma Coca light.

Hija de un oficial del ejército británico que perdió una pierna en la guerra y se enamoró de su enfermera en el hospital, Doris Lessing nació en Siria, aunque luego su familia fue trasladada al corazón de Africa. A los 17 años, como se esperaba, se casó con un granjero y tuvo dos hijos, pero más tarde lo abandonó por Gottfried Lessing, un comunista fervoroso.

Si bien luego lamentó su “decisión neurótica” de unirse al partido rojo y llegó a llamar a los comunistas “asesinos con una conciencia tranquila”, en su juventud la atraían de un modo irresistible. “Estamos hablando de Africa. Allí, los rojos eran la única gente que había leído tanto como yo. ¡Que no es decir poco!”, señala sonriendo la ganadora del premio príncipe de Asturias.

El matrimonio con Lessing, sin embargo, tampoco prosperó, y Doris partió sola rumbo a Inglaterra llevándose al hijo que había tenido con él, Peter. Allí la aguardaba el éxito: su primera novela, Canta la hierba (1949), sobre una mujer sofocada por el racismo de un pueblo, tuvo una repercusión muy favorable de público y prensa. La siguió un formidable cuerpo de trabajos autobiográficos que tuvieron su punto más alto en El cuaderno dorado, la historia de una mujer libre que es a la vez responsable respecto al trabajo, el sexo, la maternidad y la política.

-¿Pero, según sus últimas declaraciones, ahora usted es antifeminista?

-No es que sea antifeminista. Es que creo que las feministas tienen los objetivos equivocados. La revolución sexual de la década del 60 está muy bien. ¡Pero pienso que las mujeres también podrían haber luchado por el mismo pago cuando cumplen el mismo trabajo que los hombres, por buenas guarderías y demás! Aun en la época victoriana, las mujeres salían a marchar y conseguían cosas concretas, como cambiar las leyes sobre la propiedad en el matrimonio. Hoy nadie hace algo así. El feminismo de los años 60 se disolvió en cháchara inútil.

-¿El feminismo no liberó a la mujeres?

-No. Lo único que liberó a las mujeres fue la ciencia. Yo no creo que tu generación de chicas jóvenes tenga la menor idea de todo lo que el lavarropa hizo por ustedes. Y de cómo la aspiradora las salvó de la esclavitud del polvo. Lo más importante de todo fue la pastilla anticonceptiva, que por primera vez puso el destino de las mujeres en sus propias manos. Para mi generación, lo más sorprendente es cómo no entienden lo afortunadas que son, cómo no recuerdan que, hasta hace relativamente poco, cualquiera debía suponer que iba a estar continuamente embarazada hasta la menopausia. ¡Esta es una generación muy ignorante en términos históricos!

-¿Esperaba que El cuaderno dorado se convirtiese en la Biblia del feminismo?

-Por supuesto que no. Yo escribí esa novela en un momento en que era muy evidente que el comunismo se caía a pedazos y me daba lástima que nunca se hubiese hecho una buena narración sobre la batalla del laborismo en el siglo XIX. ¿Dónde está la novela sobre la extraordinaria relación entre Marx y Engels? ¿La historia sobre Marx, su hijo ilegítimo y ese yerno siniestro que tuvo? Yo pensé que si escribía en esa línea, mi libro iba a servir para recordar un momento histórico que evidentemente estaba en proceso de desaparición. Creo que la novela es un relato bastante ajustado a la realidad de lo que pasaba entonces. Y la gente se olvida de que uno de los grandes debates de la época era el estatus de la mujer. Y punto. Pero después resultó que era un libro sobre el feminismo. El libro sobre la lucha de las mujeres. Lo cual prueba que uno escribe algo y nunca sabe en qué va a terminar.

-Es sabido que distintos directores de cine se han acercado a usted recientemente con la intención de hacer un film sobre su vida, pero que usted se negó. ¿Por qué?

-Porque, ¿cómo puede hacerse algo así si la vida del escritor pasa por su cabeza? Y, además, las cosas que se han hecho últimamente sobre la vida de escritoras me parecen abominables, por ejemplo, el film sobre la vida de Iris Murdoch. Yo la conocía bien y puedo asegurarle que ella lo hubiese odiado. Pero a nadie le importa eso, ni siquiera a mis amigos literatos supuestamente sensibles. Ella lo habría sentido como una traición de parte de esa cosita perversa que era su marido. Respecto al film Sylvia, sobre la vida de Plath, mis reparos no se deben tanto al hecho de que es una intromisión en su intimidad, ya que tanto ella como Ted Hughes eran personajes públicos a los que les gustaba estar bajo las luces, sino al hecho de que que es un film muy malo. Conocí bien a Ted y a su hermana, algo menos a Sylvia, pero lo suficiente para saber que, si bien estaba loca, amaba la vida. No era esa mujer siempre de negro, que se queja y y grita de continuo. ¿Y lo que hicieron con Virgina Woolf en Las Horas? Parecería allí que siempre fue demente e imposible de tratar. Pero en cambio era bien vivita, maliciosa incluso, amaba las fiestas y los picnics, estaba siempre rodeada de amigos. Yo tengo una teoría al respecto. Todos estos retratos incorrectos se deben a que nos encanta ver a las mujeres llorar en la pantalla. Encendé la televisión en cualquier momento. ¿Cuántas mujeres hay con ataques de histeria, llorando, y cuántos varones, en cambio? Esto no es así en la vida real. ¿Por qué las mujeres lo toleran? Las famosas feministas, ¿por qué no dicen algo al respecto? Un gran misterio.

-¿Qué le gusta ver en el cine?

-Me gustan los westerns. Puedo ver infinidad de veces La legión invencible (She wore a yellow ribbon), donde los duelos están muy bien. El bueno, el malo y el feo es un gran film y Había una vez en el oeste es una película terrible, pero a la vez brillante. Creo que los westerns son la gran contribución norteamericana a la cultura de la humanidad, aunque ellos no lo sientan así.

-¿Cómo fue su educación en Africa?

-Yo no tuve una educación formal. Dejé el colegio de monjas a los 14 años. ¿Escuchó hablar del término autodidacta? Bueno, se acuñó para mí. Como para tantas mujeres, claro. Virginia Woolf no tenía educación formal, leía en la biblioteca de su padre. Hasta hace poco las mujeres eran muy afortunadas si iban al colegio. Yo tuve suerte de tener una madre que encargaba por correo los libros más maravillosos de Inglaterra para que nos los enviasen a pleno monte en medio de Africa. Dickens y Stevenson y Scott hicieron toda la diferencia en mi vida. Después, empecé a tener mis propios libros. Pero como estaba leyendo todo el tiempo, no tenía tiempo de tener un favorito.

-¿Y CUÁNDO EMPEZÓ A ESCRIBIR?

-Siempre escribí, desde muy chica. Publiqué mi primer trabajo a los siete años. No creo que en nuestra cultura sea infrecuente que los chicos escriban. Creo que lo único raro en mi caso es que aún hoy lo hago todos los días. Idealmente cada mañana, aunque siempre hay problemas que solucionar de la vida cotidiana y ya no tengo tanta energía como antes.

-¿DE DÓNDE SACA LA INSPIRACIÓN?

-En general no tengo inspiración. La historia de “Las abuelas”, por ejemplo, me la contó alguien que pensó que yo estaría interesada, y así me sucede frecuentemente. Es que uno está escuchando historias todo el tiempo y el chimento siempre fue una gran fuente para los escritores. No los chimentos de los famosos, al estilo de la revista Hola, porque allí los que publican son demasiado comunes, uno no leería de tal y cual actriz que se acuesta con el hijo de su amiga que a la vez se acuesta con su hijo, como en mi cuento. Pero sí uso chismes del tipo de los que circulan entre amigos. Y los diarios, claro, siempre son una fuente importante.

-En este momento está trabajando en el prefacio a una nueva edición de El amante de Lady Chatterly. ¿Qué novedades nos va a dar sobre el clásico?

-Que D. H. Lawrence obviamente no entendía nada sobre el sexo. Sus párrafos al respecto son como los sueños de un niño, en realidad. Los de tu generación no se dan cuenta de lo ignorante que la gente era respecto al sexo hasta hace muy poco. Existían manuales del estilo de “Cómo ser feliz en el matrimonio”, pero aun en ellos el clítoris es rara vez mencionado. D. H. Lawrence odiaba el clítoris como si fuera su enemigo personal y la idea de que el sexo pudiese ser espontáneo, inspirador y un acto divino le parecía repugnante. Por eso El amante de Lady Chatterly es una historia tristísima. Pero, claro, su mujer lo estaba engañando con un italiano y él se estaba muriendo de tuberculosis. Sólo se puede entender la novela si se conocen estos datos de los últimos años de su vida y muchos críticos no les han prestado la debida atención.

-¿Qué tiene que ver la enfermedad?

-Es una enfermedad muy cruel. La tuberculosis excita las fantasías del hombre y lo pone extremadamente sensual, pero impotente. Es increíble cuánto más se entiende Lady Chatterly sabiendo eso. Me sorprende también que hasta ahora los críticos tampoco hayan notado cuánto de la Primera Guerra hay en la novela, todos los personajes de alguna manera son sus víctimas, empezando por el marido que quedó inválido y no puede satisfacer a su mujer. Cuando leí la novela por primera vez, de jovencita, reconozco que me gustó, pero Lawrence tiene esa capacidad única de hechizarte con el relato más allá de sus fallas. Personalmente considero que Hijos y amantes es su obra maestra, Mujeres apasionadas no me convence pero sus cuentos cortos son fantásticos y es el mejor escritor de viajes que existió.

-Hablando de viajes, ¿le gustaría volver a la tierra de su infancia?

-Rhodesia ahora es Zimbabwe, ¿cuál sería el sentido de ese regreso? ¡Todo el país se fue por la cloaca! Ya casi no me quedan amigos vivos ahí y mis hijas se mudaron a Sudáfrica. Además, en Zimbabwe ya no encontraría el cielo de noches estrelladas que tanto extraño de mi niñez, lo tapó la polución. En Inglaterra tampoco es posible conseguirlo, pero recuerdo que cuando viajé a la Argentina hace años, en las provincias del Norte, lo encontré igualito. También me gustó ir al hipódromo en Buenos Aires y ver a toda esa gente rica que tuvo niñeras inglesas, ¿se puede creer? Tengo amigos allí y me gustaría volver. Eso y aprender a usar la computadora de una vez por todas (ya casi no consigo tinta para mi máquina de escribir) deberían estar entre mis objetivos para el 2005.

La Nación, “Doris Lessing: “Las feministas tienen los objetivos equivocados”, entrevista de Juana Libedinsky, Argentina,  año 2005.

http://www.lanacion.com.ar/678970-salvaje-rebelde-y-coqueta